El castillo dorado

castillo dorado

Conquistaron toda la ancha estepa y en sus tierras hubo paz. Entonces, desearon construir una gran ciudad para que en los largos atardeceres de julio sus altas torres parecieran arder. Pronto quisieron también alcanzar el amplio cielo. Prometieron un espectacular ballet aéreo: por la llanura azul el hidalgo innombrable pilotaría el ascenso a la gloria del progreso y el trabajo. Cómo aplaudían y vitoreaban todos, qué magnífica fiesta de lluvia de papel. Por las noches pagos y prebendas; fuegos artificiales, convites y vino. Hacían falta atletas y pregoneros, persuasivos prestidigitadores, nigromantes, arena, sudor y rayos catódicos. Más aplausos para el gran espectáculo y una gran plaza de mercado que ofreciese lindas telas y collares de todos los colores.

El Gran Mandarín conocía el secreto de las máscaras. A Roma daba sedas sonrientes que agradaban con su fino tacto virginales manos delicadas. Con gajos de naranja agasajaba al pope bolchevique. Sabía hacer volar insectos maravillosos que agitaban sus traslúcidas alas lanzando hipnóticos destellos de zafiro en la oscuridad. Todo el reino reía y aplaudía embelesado, esperando que, algún día, unas gotitas de magnificencia, también a ellos, les salpicara. En el castillo dorado de la ciudad antigua, sentado en su trono, vestido con bella túnica púrpura y alba, el gran mandarín, con una mano daba y con la otra tomaba espigas de oro de un gran arcón de caoba. Así, pasaron los años y el arcón se fue vaciando y los pozos se fueron secando. Un día, de repente, dejaron de volar todos los pájaros y por el lecho de los ríos no corrió más el agua. Entonces la tierra comenzó a arder en su seno.  Algunos se cansaron de bailar y quisieron saber dónde nacían las glaucas libélulas de cristal, de dónde manaba el vino irisado, por qué sólo había una niebla oscura donde antes nadaban los peces de plata.  El Gran Mandarín  sabía la verdad pero no quería revelarla y, como conocía la magia, se asonó a la torre más alta de su palacio, extendió los brazos y quitándose su birrete dijo “tomad y comed”. De la nada fueron surgiendo ristras interminables de morcillas azules, enormes quesos rodantes, espectaculares tiras rosadas de panceta, orzas de lomo en aceite, de lomo adobado, de pichones en escabeche, tres docenas de capones bailando claqué y hasta un coro de perdices estofadas, conejos, liebres y faisanes bien guarnecidos con alcachofas, pimientos y batatas. Y cuando el interminable desfile parecía haber llegado a su fin, el Gran Madarín, que aún continuaba con los brazos extendidos, habló de nuevo: “tomad y bebed”. Como de un gran geiser manó un descomunal chorro de vino tinto que luego fue blanco y más tarde espumoso y, al final de este, otro de tibia leche dulzona y otro más de horchata fresca y granizada de limón. Los niños saltaban y daban gritos de alegría, las mujeres lloraban y los más viejos correteaban de acá para allá llenando sacos de plástico. Surgió entonces, no se sabe de dónde, una urraca que vino a posarse en el hombro del Gran Mandarín, “ruina, ruina, ruina”, canto por tres veces antes de echar a volar. En la algarabía, nadie la escuchó.

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noviembre 4, 2009. Etiquetas: , , . Incendios, Preste Juan. 2 comentarios.