En África

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“Sentimiento de ser un heterónimo de Pessoa”, es lo que piensa y escribe Miquel Barceló en uno de sus cuadernos africanos, el día de su cumpleaños, en Bassam, Costa de Marfil, el 8 de enero del 91. Tiene entonces treinta y cuatro años y desde hace tres pasa largas temporadas en África.

“Lo de Barceló hace ya tiempo que se destapó”, oí una vez en clase. Con tan sólo veinticinco parecía haber alcanzado el techo de su carrera artística como único representante español en la Documenta de Kassel. Es fácil pensar ahora que a esa edad no se es el artista genial que todos proclaman, aunque te lo hagan creer, pero ahí estaba el tipo, engrosando la nómina de los pintores transvanguardistas, posmodernos, de la nueva figuración, de la billetera repleta, de los rescatadores del arte puro, de ese arte que ya llevaba una década dando bandazos entre conceptuales, minimalistas, povera, accionistas, etc.

Una casualidad como cualquier otra me ha puesto en las manos la compilación de una serie de cuadernos que el artista ha ido rellenando a modo de diario a lo largo de doce años en tierras africanas. “¿Qué tono adoptar para uno mismo?”, dice casi al principio de todos ellos, e inicia una retahíla de historietas y reflexiones donde aparece un Barceló bastante ajeno a la figura que aparece en televisión o en el semanal de El País. Las entradas sólo guardan la lógica que le imprime el paso de los días y su contenido varía desde el tono reflexivo que le hace interrogarse acerca de los motivos de su estancia africana y su trabajo, “soy incapaz de cualquier trabajo de responsabilidad. […] Para la literatura, ya ven que no estoy dotado. ¿Profesor? ¡Ja, ja! ¿Diseñador, grafista, publicista? Antes, robar en las calles”, a noticias acerca de su transito intestinal frecuentemente vapuleado, la música de Bach, Camarón o Suicide y en considerar todo aquello que no le convierte en un tubab más a los ojos de la población local . Todas ellas cubiertas con la aspereza de una capa de polvo y arena y el terror de descubrir un escorpión debajo del papel o el lienzo.

Me ha sorprendido este Barceló que le deja “mis sandalias de goma al herrero para que las rehaga de hierro, un número más grande” (Malí, 12.XII.94).

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enero 22, 2009. Etiquetas: , , , . Anti D.

2 comentarios

  1. Preste Juan replied:

    Interesante eso de referir los problemas de tránsito y pude que incluso inconfesable motivo de inspiración en su plástica.
    ¿Y cuál de los heterónimos hubiese viajado a África? sin duda, sólo Alvaro de Campos.

  2. Ramón replied:

    Aquí curiosamente hablas de una cita de Barceló que alude a la literatura, a Pessoa.

    Si hay algo que me interesó bastante cuando hablamos de él el otro día es aquello de que es un tipo rudo, que no necesita explicar ni decorar su pintura con palabras porque su obra es lo que es. No necesita de otra explicación que no sea la de la observación.

    Precisamente pienso que gran parte del arte que se viene produciendo hace unos 50 años peca precisamente de no ser autosuficiente cuando debería serlo ¿es que necesita un poeta pintar en un lienzo para explicar su poesía? Es más ¿es que necesita explicarla?

    Los manifiestos tuvieron sentido a principios del siglo XX, cuando el arte se deshizo radicalmente de los cánones heredados del renacimiento. Todo ese atrevimiento había que ponerlo por escrito por razones que podían llegar a ser tan mundanas como no morirse de hambre.

    Creo que para entender la pintura hoy debe entenderse que esta tiene, o al menos debe tener, sentido por sí misma, sin necesidad de que recurramos a la palabra escrita para explicarla. De ahí la torpeza del novato cuando se enfrenta a una obra de arte buscando el significado ¿es que se puede buscar el significado de una puesta de Sol? Hasta Velázquez, quizá el primer artista moderno, era posible hacer una lectura simbólica de una pintura, pero a partir de él todo es más complejo y críptico. Hasta él era posible usar las Metamorfosis de Ovidio y la Biblia para entender lo que los pintores querían contar (al menos en parte), pero a partir de Las Meninas, cuadro misterioso donde los haya, nos quedamos sin guía de referencia.

    Y, sin embargo estos cuadernos, que no he leído pero que me temo que leeré, quizá nos ayudan a entender mejor a Barceló, aunque dudo mucho que nos ayuden a entender mejor su obra.

    Otro cantar sería hablar de lo que sería el arte instrumental, en el que el hecho artístico en lugar de ser un fin es sólo un medio. Ese es el caso por ejemplo del arte político. Pero, lo dicho, eso es harina de otro costal.

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